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La leyenda de los fideos de arroz favoritos de Beijing

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Alrededor de las 5 de cada tarde, en un callejón del céntrico barrio comercial Wangfujing de la capital china de Beijing, se verá una larga cola que aún viene extendiéndose en frente a una ventanilla.

La cola estará compuesta por gastrónomos, turistas, pasajeros, jóvenes vestidos a la última moda y los tíos y tías que viven en la vecindad, rodeados por algunos presentadores de televisión ante un videocámara narrando en tono de estupefacción.

Todos hambrientos, ansiosos, pero con la mayor paciencia humanamente posible esperan su turno para acercarse al pequeño negocio donde, según estos entusiastas, uno puede disfrutar de los mejores fideos de arroz en consomé de gallina al estilo Yunnan, aquí en Beijing.

Detrás de la ventanilla, un viejo maestro estará en frente a una olla profunda de un denso caldo en el que se ve una gallina entera, preparando tazas de los fideos finos que tanto han encantado a la gente por más de tres décadas.

El estará sonriendo, intercambiando saludos y bromas con los clientes y haciendo el proceso de una forma artística como si fuera un número de magia, pero con una pericia asombrosa que sólo se puede adquirir mediante millones de veces de práctica repetida.

Cuando sale a fumar un cigarrillo mientras espera a que se hierva el caldo o que le llegue una nueva botella de vinagre de cereal, estará envuelto por sus admiradores de toda edad que le pide una fotografía juntas, quiere expresarle los mejores deseos o hacer un comentario sobre el maravilloso sabor, o hacer una propuesta de negocio.

Una popularidad no inferior a la de los mayores ídolos de entretenimiento del momento.

"Me alegro, me alegro mucho de que a tanta gente le hayan gustado mis fideos, porque los he hecho con todo el corazón y a toda fuerza por estos 32 años", me contó el maestro Teng Beiling, a quien le prefieren llamar con cariño "El viejo Teng", o "la leyenda de la feria nocturna de Donghuamen". Un final al inicio A las 9 de la noche del 24 de junio de 2016, la feria nocturna de tentempiés de Donghuamen, ubicada en el barrio comercial Wangfujing en el corazón de la metrópoli de Beijing, hizo la última reverencia a su público para clausurar la operación que había durado por 32 años.

La feria había acumulado una fama de vender bocadillos caros e insípidos a los flujos de turistas que acuden a Wangfujing por el sabor del Viejo Beijing, o a los visitantes extranjeros en búsqueda de las sensaciones exóticas probando asados de grillos o escorpiones que los locales ni siquiera tenían ganas de mirar menos tocar...

Y el único negocio que había gustado de verdad a los habitantes locales y que se echaba de menos después de la retirada de la feria, era la caseta del Viejo Maestro Teng.

Durante los 32 años, el maestro Viejo Teng, nativo de Beijing, preparaba una olla de su especialidad: un espeso caldo de gallina todos los días y, al abrirse el feria nocturna a las 5 de la tarde, cocinar en el caldo los fideos de arroz - finos, elásticos, ¡los mejores de Beijing! como comentaban los aficionados fieles de esta delicia - y las bolas de pescado, igualmente elásticos y densos, para ofrecer los dos platos que le habían ganado el prestigio: Los fideos de arroz "atravesante del puente (estilo de Yunnan)" y el consomé de las bolas de pescado.

Ah, por supuesto, para acompañar la merienda, habría que tomar un vaso de jugo ciruela hecho con la receta especial del maestro Teng! El sabor es un agridulce tan refrescante que a uno le quitaría tanto el calor como los problemas surgidos de la insoportable levedad de nuestro humilde existir...

En la noche de la clausura de la feria nocturna, miles de aficionados acudieron al puesto para probar el sabor del viejo Teng, hasta cuando se agotaron los fideos.

El viejo maestro se quedó profundamente conmovido. El se quitó la emblemática gorra para agradecer a la gente con una reverencia, prometiéndoles que algún día volvería a servir los fideos, fuera dónde fuera.

Las mismas delicias y una leyenda renovada Diez meses más tarde, mi amiga Meili compartió un aviso en WeChat (aplicación de mensajería instantánea) junto con un comentario terminado en una docena de signos de exclamación:

"¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Por fin! El abuelito está de vuelta!!!!!!!!!!!!!!!!!!"

El aviso dice, en tono de obvio júbilo, que el puesto del viejo Teng estará de vuelta, en el mismo callejón donde se encontraba la feria nocturna, a las 5 de tarde del 31 de marzo, la misma calidad y el mismo precio garantizados. "¡No se lo pierda!"

Y Meili, una joven orgullosa de ser beijinesa y gran aficionada a toda la cultura nativa, fue a la reapertura, acompañada de otros centenares de viejos amigos del maestro Teng y auténticos gourmets locales.

Ella esperó en la cola por una hora y media y regresó satisfecha después de comer una taza de fideos y otra del consomé de bolas de pescado.

"El sabor es el mismísimo. ¡Bravo!" fue su comentario como antigua cliente del negocio y conocedora de la buena comida.

Al día siguiente, monté en una bicicleta compartida al salir del trabajo y pedaleé a toda fuerza hacia Wangfujing. Me encontré con mi amigo Nico, chef y conocido blogger sobre la gastronomía, en la larga cola de espera fuera de la ventanilla, junto con otras 50 personas: Algunos se enteraron de los fideos de arroz del viejo Teng por las redes sociales, pero la mayoría, como nosotros, era fieles aficionados de este producto único y del espíritu del viejo maestro.

Pude observar al maestro, de 65 años de edad, ejecutar el procedimiento mágico de preparar los fideos, y de repente sentía que se me estaban saltando las lágrimas de felicidad.

Dentro de la cola, una señora de unos 30 años me contaba cómo solía venir para comer una taza cuando vivía en esta zona, y otro señor de bastante edad vino con su nieto para que el pequeño probara una delicia que no se hallaría en cualquier otro lugar... Unas parejas de jóvenes estudiantes vinieron por curiosidad, y unas amas de casa pidieron una noche de vacación a sus familias para invitarse a sí mismas una degustación bien debida...

Me contaban que, cuando era joven, el viejo maestro originario de Beijing fue mandado a encargarse de labores físicas a la lejana provincia de Yunnan en la frontera china con Vietnam, Laos y Myanmar, en un movimiento político en el que jóvenes estudiantes tuvieron que ir a las áreas rurales para recibir la reeducación campesina y trabajadora.

Entre las labores pesadas, Teng Beiling aprendió el secreto de la delicia indígena y la llevó de retorno a Beijing para recrear su propia receta a base de la tradición.

Durante 32 años, se dedicaba a perfeccionar los tres deleites de los fideos de arroz, el consomé con bolas de pescado, y el jugo de ciruela.

"No había pensado en hacer otras cosas", me explicó el maestro cuando salió a fumar un cigarrillo y limpiarse el sudor. “A mi juicio, ha sido sumamente difícil hacer bien éstas tres”.

"Me han venido muchos empresarios a pedir colaboración, para que este negocio se expanda hacia una cadena nacional, y a todos les he dicho que no", dijo con una sonrisa amplia en la cara.

"No tengo tanta ambición, de hecho. Me preocuparía por el sacrificio de la calidad y el cambio del sabor si se duplicara el negocio a una gran magnitud", sostuvo el maestro, agregando que es más importante para él hacer las pequeñas cosas a la perfección que ganar mucho dinero pero fallar en los detalles.

"Niña, ¿aguantas el vinagre ("tomar vinagre" significa "estar celoso" en el mandarín)?" Me preguntó con una risa traviesa como un niño pequeño.

Sin mucho pensar (y por tener mucha hambre), pregunté, "Sí, por favor", extendiendo las manos para recibir la taza.

Todos se rió y me daban ánimo, incluído el maestro, como si todos fuéramos amigos o familiares desde hace mucho, mucho tiempo. Me sentí (pues un poco avergonzada) contenta, segura y feliz, aun más cuando me puse a devorar los fideos, las bolas de pescado y engullir el jugo...

Al despedirme, me acerqué a la ventanilla par decirle al viejo maestro, "¡Estuvo riquísimo! ¡Muchas gracias, señor!"

"Si está rico, vente a menudo, mi hija!" Contestó el maestro, levantándose la cabeza de su obra artística, con la sonrisa perpetua.

Por supuesto iré cada cuando pueda. Y ¿tú?


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